Oct 14, 2019 6:07 AM

Romero, el arzobispo que no claudicó ante la adversidad

Categoría: FMLN
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El día comenzó, tranquilo, normal, sin sobresaltos para Monseñor Oscar Arnulfo Romero, según lo atestigua Monseñor Jesús Delgado, quien fuera secretario personal y biógrafo del obispo. De no ser porque el día anterior, el domingo 23 de marzo de 1980 en su última homilía, donde con la fuerza y el poder de las palabras dijo: "En nombre de Dios y de este pueblo sufrido... les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESIÓN".

Según los relatos de los hombres y mujeres que compartieron con el ese 24 de marzo, temprano por la mañana salió de su habitación, en el hospital La Divina Providencia, donde vivía de forma modesta y austera en comunión con los principios bíblicos, tal y como lo hiciera Jesús el Nazareno, pues sus efectos personales eran muy pocos; charló de forma amena con sus amigas, las monjas del hospital para enfermos de cáncer como lo hacía siempre, como era su costumbre.

"A donde yo voy, ustedes no pueden ir", les dijo a las monjas, con un sentido premonitorio que dejaba entrever la serie de eventos desafortunados que se avecinaban, partiendo así a la costa salvadoreña, específicamente a las playas de La Libertad. Donde además de descansar sostenía encuentros con otros sacerdotes católicos con quien discutía documentos emitidos por la Santa Sede, entre ellos Saenz Lacalle quien a mediados de los años noventa seria el Arzobispo de San Salvador y a quien Romero pidió que retirase los objetos de valor de catedral por miedo a las frecuentes ocupaciones.

Se dice que ese día Monseñor Romero no se bañó en la playa por problemas de salud y probablemente emprendió el camino de regreso solo, ensimismado en sus pensamientos, sabiendo que la fatalidad llegaría sin saber cuándo ni cómo. Quizá dentro de ese torbellino de pensamientos tuvo un momento para recordar a su hermano Santos Gaspar Romero, quien el viernes 21 de marzo con la aflicción natural de hermano, llegó a advertirle del peligro inminente, pues recibió un anónimo, una amenaza contra la vida de Romero, amenaza que sería la última.

"El viernes 21 de marzo me llegó un anónimo en el que me advertían que si mi hermano no se apartaba, sería secuestrado en 72 horas... Yo me fui a verlo y le entregué el papel, que estaba en buen papel y sin faltas de ortografía. Él me dijo que no hiciera caso y que botara el papel", recuerda Santos Gaspar.

La respuesta de Romero fue contundente y firme, le confesó a su hermano tener la certeza que lo eliminarían, "ha venido el Nuncio de Costa Rica de parte del Vaticano a decirme que conocen de un plan para matarme y me ofrecen un traslado o un permiso para irme de El Salvador. Yo les contesté: ¡Venga lo que venga, me quedo con mi gente!".

Las horas y los minutos de ese 24 de marzo corrían, Oscar Arnulfo Romero estaba plenamente seguro de su destino, lo que afrontó con temple y gallardía sin aminorar su fe en Dios y su amor por el prójimo; "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño"; No creo en la muerte sin resurrección había declarado dos semanas antes en una entrevista.

Esa tarde el camino de regreso lo llevó hasta un consultorio médico para tratarse la afección en su oído, para después ir y confesarse con el padre Azcue en Santa Tecla. A las 5:30 de la tarde estaba de regreso en la iglesia del hospital de La Divina Providencia, donde daría la Misa en sufragio de Sara de Pinto, la madre de Jorge Pinto un periodista.

Era una Misa de tono familiar, en la iglesia del hospital de la Divina Providencia, la vida eterna y la resurrección fueron los temas centrales en la Misa de doña Sara de Pinto, para quien el arzobispo brindó reconocimiento en su lucha por la justicia y la dignidad humana.

Testigos presenciales recuerdan que el prelado se dio la vuelta, tomo el corporal para empezar el ofertorio y lo alzó con las dos manos. Algunos dicen estar seguros que por la posición del arzobispo a punto de ser inmolado, probablemente vio a aquel hombre de barba en un automóvil rojo afuera de la iglesia.

Un testigo presencial recuerda que: "al momento de su asesinato en la Capilla, a unos cuatro metros de distancia del altar, cuando extendía el corporal para iniciar el ofertorio sonó el disparo y cuando sintió un impacto de la bala, instintivamente quiso agarrarse del altar esparciendo las hostias sobre el mismo, lo cual yo interpreté como que Dios le estaba diciendo 'Óscar ahora tú eres la víctima' y en ese momento cayó a los pies de Cristo Crucificado bañado en su propia sangre por una hemorragia de nariz, boca y oído".

Bastó una bala calibre 22 cargada con todo el odio y desprecio de la dictadura, de la ultra derecha, de la oligarquía que lo consideró como un traidor a su clase. También esa bala bastó para transformar esa metralla de odio en amor y reconocimiento a su legado para las futuras generaciones, para los pobres, campesinos y explotados; desde ese instante el odio visceral convirtió a Monseñor en ¡San Romero de América!